La volatilidad mide cuánto, y con qué rapidez, sube y baja un precio a lo largo del tiempo. Una alta volatilidad implica movimientos grandes y rápidos en ambas direcciones; una baja volatilidad implica un precio más tranquilo y estable. Es el atajo más común para describir cuán arriesgado se siente mantener un activo.
Crucialmente, la volatilidad describe el tamaño de los movimientos, no su dirección. Un activo muy volátil no está necesariamente cayendo: simplemente es capaz de moverse mucho y con rapidez en cualquier sentido, lo que hace que sea estresante de mantener y fácil de calcular mal en el tiempo.
Las distintas clases de activos se sitúan en niveles de referencia muy diferentes. Una acción de primera línea (blue-chip) que normalmente se mueve alrededor de un 1% al día es mucho más tranquila que una moneda que oscila habitualmente un 10% o más. Ajustar la volatilidad que asumes a tu propia tolerancia es una parte fundamental de la gestión del riesgo.
Ejemplo práctico
Una moneda importante que oscila habitualmente un 10% en un día es mucho más volátil que una acción tradicional de gran empresa que se mueve un 1%.
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